MADRES EN LA MARATÓN: SALIDA DEL ARMARIO (SEGUNDA PARTE)

MaratónCuando mi madre decidió ir a trabajar aquel día que estaba tan malita (esta historia la cuento aquí) me llené de rabia y no supe cómo hacerle ver que aunque ella no lo sepa, es una valiente. Pero las cosas nunca pasan porque sí, y si aquel día no supo ver la fuerza que tiene dentro, han sido necesarios un par de meses y toda una vida para toparse con esa fuerza de frente.

Y esa fuerza vino representada en forma de hermana, de sobrino, de hija y de ella misma. De repente se vio saliendo del armario (sí, sí, del armario) una vez más. Porque mi madre, como madre de una mujer lesbiana que es, también corre su propia maratón (esta es mi definición de maratón). Estos días hace ya 9 años que empezó a correr. Bueno, quien dice correr, dice caminar o ponerse las zapatillas aunque sea. ¡Felicidades, mamá!

Empezó su maratón muy despacito, intentando no dejarse ganar por la impresión, que no le adelantaran los prejuicios y ayudándose por el aire a su favor que mi hermana le prestaba. Le costó tanto al principio que llegué a pensar que no volvería a mirarme a la cara nunca más. Pero recuerdo que entonces pensé en lo muchísimo que me costó a mí y en lo cansado que es solamente el hecho de pensar en toda la maratón que queda por delante. Lo cierto es que solo necesitó mirarme a los ojos para encontrarme y no volver a perderme nunca más.

Aunque enseguida comprendió la situación, sí que es cierto que no quería decírselo a nadie. Se había puesto el chándal pero no se lanzaba a correr, y es que llovía mucho. La vergüenza seguía presente y yo desde el principio decidí que mi paciencia debía ser fundamental en su proceso. Pero la vida de nuevo puso las cosas en su sitio y mi madre pronto comprendió qué era lo importante. Y lo importante era yo y no los demás. Salió a correr.

Con el paso de los años ha aprendido a tener paciencia y a no hacer el sprint final antes de tiempo, a salir del armario como toda una profesional y a sentir el orgullo con todos los colores de la palabra. Llegó a su meta como madre orgullosa, madre de una mujer lesbiana y ahora, además, tía de un hombre gay.

El otro día estuvo con mi tía y venía tan emocionada, tan encantada y tan guapa que no podía aguantar las ganas de contarme lo que le acababa de pasar. Acababan de coincidir en una parada de la maratón y salieron juntas del armario, porque aunque era un secreto a voces, nunca se habían confesado la una a la otra el orgullo de tener hijos homosexuales.

Y es que mi madre anda pregonando a los cuatro vientos lo orgullosa que se siente de mí, y ya de paso de ella misma. En su diccionario es más que habitual encontrar frases como: “¿sabes que mi hija es lesbiana?” o “estoy deseando que mi hija traiga una novia a casa”. Y me sorprendo al ver cómo mi madre se convierte en ese viento a favor que mi tía necesita para poder continuar con su maratón y que no se canse demasiado. Mi madre es ahora yo, y yo a veces siento que soy ella.

Y todo se da la vuelta y soy yo la que siente un orgullo inmenso por tener una madre que corre una maratón tan difícil, llueva o haga sol. Y además ahora lo hace en compañía de otra madre orgullosa: su hermana.

Las opiniones vertidas por las colaboradoras de La Oveja Rosa no se corresponden necesariamente con las de la propia @LaOvejaRosa, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

¿Has probado a apagar y volver a encender? 😉

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