Madres, un artículo de @Pauli_Pon

Madres, por Pauli Pon.
Vengo, llena de rabia, a contar una historia que a priori puede parecer una más. Un relato como tantos otros que se viven en estos tiempos y que nada tiene de especial. Esto que cuento le pasa a mucha gente y llegamos incluso a entender este tipo de situaciones como “normales”. Y pienso que normal es una palabra peligrosa, porque cuando algo así se convierte en normal, todo vale. 
Mi madre tiene ya 63 hermosas primaveras y es una mujer hecha a su tiempo a base de encontronazos con la vida. Criada en el seno de una familia más que humilde, tuvo que venir a Madrid a principios de los 60 junto con el resto de sus hermanos y con sus padres para poder vivir, porque lo que tenían en el pueblo ni era ni vida ni era nada. 
Estudió hasta que en casa ya no pudieron más y a los 13 años comenzó a ayudar en la portería a su padre, a los 16 años comenzó a trabajar en el que sería su oficio el resto de su vida, y a los 22 ya estaba casada, esperando a su primer bebé y apartada de la vida laboral como buena ama de casa. Era la vida convencional para la que estaba preparada desde niña y no se saltó ni un solo paso, ni se desvió ni un solo centímetro de lo que se esperaba de ella, y todo ello sin pararse a pensar qué era lo que quería o qué era lo que sentía o incluso qué era lo que veía. 
El primer golpe fue darse cuenta de que el modelo de ama de casa no servía, y que tenía que ponerse a trabajar para sacarnos adelante. Y después de toda una vida dedicada al trabajo y a la familia ha descubierto que nada es lo que parece y que todo lo que le enseñaron de pequeña no era si no una verdad a medias, porque era la verdad de otra generación y de otras vidas, y no tenía por qué ser su verdad. 
El segundo golpe vino con su separación. Una separación dura que fue consecuencia de una infidelidad demasiado complicada para una mujer de ideas sencillas como es ella y a la que tuvo que sumar el tercer golpe. Descubrir que tenía una hija lesbiana no hizo más que confirmarle lo que ya iba intuyendo, y es que la vida no era lo que ella pensaba. 
Viviendo sola la que se suponía iba a ser su vejez junto a su marido, se ha visto obligada a ver la vida con otros ojos y a desterrar todo aquello que le enseñaron. Y es imposible no preguntarse cómo se puede deshacer la enseñanza de toda una vida sin caer en el intento.
 
La semana pasada se puso enferma, y es que los virus otoñales no perdonan y menos cuando se llega a cierta edad. Pero cuando tienes horario de comercio en una tiendecita de barrio donde te pagan lo mismo desde hace más de 20 años (bueno, haciendo honor a la verdad, algún año ha tenido subidas de 10 o 20 euros) tienes que buscar un hueco a primerísima hora de la mañana y rezar para que tu doctora no vaya con retraso. Pero sobre todo rezar para que acceda a recetarte antibióticos y poder así curar rápido la gripe, porque con 63 años no te puedes permitir el lujo de quedarte en la cama a descansar. La doctora le iba a dar la baja cuando mi madre se negó categóricamente y la pobre mujer, que no salía de su asombro, solo pudo darle una carta a mi madre para que se la trasladase a sus jefes. Pero mi madre no lo hizo, porque si hace eso las consecuencias para una mujer de su edad y posición pueden ser peores. 
¿Qué consecuencias pueden ser esas? ¿Perder el trabajo? Eso sería lo peor sí, pero no para ella. Lo peor sería tener que ir todos los días a abrir y cerrar la tienda, hacer la caja, fregar, planchar, vender y tener que hacerlo sin calefacción porque no le dejarán ponerla, cargar con cajas y bolsas pesadas porque solo puede obedecer, no coger las vacaciones que por ley merece, y así un largo etcétera, y todo ello por un sueldo que ni siquiera se acerca al de encargada, porque ni es encargada ni cotiza como tal. 
Y todo esto es culpa suya. Sí. Es culpa de mi madre por permitirlo. Porque durante toda su vida le han dicho que tiene que agachar las orejas ante los “señoritos”, y porque no sabe hacerlo de otra manera. Porque es una niña de pueblo sin estudios ni amplitud de miras que solo sabe que tiene que trabajar para comer. Y maldita sea, yo también soy así porque aprendí de ella. La diferencia es que yo tengo 30 años menos y espero tener el valor que ella no ha tenido para ayudar a cambiar las cosas y que esto no siga ocurriendo. A ella no se lo puedo pedir, ya no.

¿Has probado a apagar y volver a encender? 😉

Comments

  1. La realidad de muchas madres de esa edad y algún año más. Pero nosotras tendemos una edad que aún podamos y debemos intentar cambiar esta sociedad

  2. laovejarosa says:

    ¡Exacto! Tenemos la oportunidad de cambiar nuestras vidas y con ello ayudar a cambiar lo que nos rodea, y ese es solo el principio. ¡Gracias por tu comentario!

  3. ¡Buf! Qué duro lo que cuentas. Me alegro de que tu madre se separara, porque no todas las mujeres son capaces de hacerlo. Eso me hace pensar que también tiene la fuerza de plantar cara a su situación laboral, otra cosa es que quiera hacerlo. ¡Gracias por compartir esta entrada!

    1. Pauli Pon says:

      Tiene la fuerza para hacerlo, pero yo creo que no lo sabe. Así que me queda aprender de ella, de quien es y aprender de sus aciertos y errores. ¡Gracias a ti por tu comentario!

  4. […] mi madre decidió ir a trabajar aquel día que estaba tan malita (esta historia la cuento aquí) me llené de rabia y no supe cómo hacerle ver que aunque ella no lo sepa, es una valiente. Pero […]

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