Sobre los juicios

Hay un cuento, no sabemos si es un cuento chino o árabe o de dónde, pero que nos ha gustado mucho y queremos compartir. Yo lo leí en el libro de Mabel Katz “El camino más fácil”, un interesante libro basado en el arte hawaiano para la resolución de problemas conocido como Ho´ponopono (hablaremos de este tema en próximos posts).
Cuenta la historia que
en una aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes le
envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco.
Los reyes le ofrecieron
cantidades fabulosas por el caballo pero el hombre decía: “para mí él no es un
caballo; es una persona. ¿Y cómo se puede vender a una persona, a un amigo?” Era un
hombre pobre, pero nunca vendió a su caballo.
Una mañana descubrió que
el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo: “Viejo
tonto. Sabíamos que algún día te robarían el caballo. Hubiera sido mejor que
lo vendieras. ¡Qué desgracia!”.
“No vayamos tan lejos”, dijo el
anciano. “Simplemente digamos que el caballo no está en el establo. Éste es el
hecho. Todo lo demás es vuestro juicio. Si es una desgracia o una suerte yo no lo
sé, porque esto es apenas un fragmento. ¿Quién sabe lo que va a suceder
mañana?”.
La gente se rió de él. Siempre
habían creído que el anciano estaba un poco loco. Pero después de 15 días,
una noche el caballo regresó. No había sido robado sino que se había
escapado. Y no sólo eso, sino que trajo consigo una docena de caballos salvajes.
De
nuevo se reunió la gente diciendo: “Tenías razón, viejo. No fue una desgracia sino
una verdadera suerte”.
“De nuevo estáis yendo demasiado
lejos”, dijo el anciano. “Decid sólo que el caballo ha vuelto. ¿Quién sabe si
es una suerte o no?. Es sólo un fragmento. Estáis leyendo apenas una palabra
de una oración. ¿Cómo podéis juzgar el libro entero?”.
Esta vez la gente no pudo decir
nada más, pero por dentro sabían que él
estaba equivocado. Habían llegado
doce caballos hermosos.
El viejo tenía un hijo que
comenzó a entrenar a los caballos. Una semana más tarde se cayó de un caballo y se
rompió las dos piernas. La gente volvió a reunirse y a juzgar. “De nuevo
tuviste razón”, dijeron. Era una desgracia. Tu único hijo ha perdido el uso de
sus piernas y, a tu edad, él era tu único sostén. Ahora estás más pobre que nunca”.
“Estáis obsesionados con juzgar”,
dijo el anciano. “No vayáis tan lejos. Sólo decid que mi hijo se ha roto las
dos piernas. Nadie sabe si es una desgracia o una fortuna. La vida viene en
fragmentos, y nunca se nos da más que esto”.
Sucedió que, pocas semanas
después, el país entró en guerra y todos los
jóvenes del pueblo fueron
llevados al ejército. Sólo se salvó el hijo del anciano porque estaba lisiado. El pueblo
entero lloraba y se quejaba porque era una guerra perdida de antemano y
sabían que la mayoría de los jóvenes no volverían.
“Tenías razón viejo. Era una
fortuna. Aunque tullido, tu hijo aún está contigo. Los nuestros se han ido para
siempre”.
“Seguís juzgando”, dijo el viejo.
Nadie sabe. Sólo decid que vuestros hijos han sido obligados a unirse al
ejército y que mi hijo no ha sido obligado. Sólo Dios sabe si es una desgracia o una
suerte que así suceda”…
Y es que en cuanto formamos una opinión o
un juicio, nos estancamos; nos esclavizamos. No juzgues, o jamás serás uno con el todo. Te quedarás obsesionado con fragmentos, sacarás conclusiones de pequeñas cosas. Una vez que juzgas, has dejado de crecer.

@LaOvejaRosa es una tuitera, youtuber, escritora, bloguera, community manager y artista polifacética, feminista y lesbiana nacida en Madrid.

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