Tempus fugit

Llevo varios días pensando cuál es el enfoque más adecuado para hablar y reflexionar sobre un tema que para mucha gente es muy delicado. Además, estos días he vivido algunas situaciones que me han hecho pensar aún más y que me han animado a escribirlo de la única forma que sé, que es hacerlo desde mis entrañas y sin pensar mucho.

El martes por la mañana, sentada en el metro de camino al trabajo, solo podía concentrarme en mantener mi nivel de consciencia y en no caer en un coma profundo, cuando alguien me despertó de repente. Tuve la sensación de que en ese instante cruzaba una de las puertas del Ministerio del Tiempo para volver a aquella adolescencia de la que en ocasiones reniego y de la que, en otras ocasiones, me enorgullezco. Se sentó a mi lado la que fue mi profesora de latín, lengua y literatura en el instituto y aunque ella no pudo enseñarme lo que es amar las letras como hubiese querido, me enseño lo que es amar y respetar a cada persona que tengo delante solo por el hecho de ser persona, sin juzgar y sin sacar conclusiones que solo nos mantienen en la ignorancia y el resentimiento. Hoy por hoy a veces olvido esas enseñanzas y tengo que esforzarme para reafirmarlas, lo reconozco.

Matilde, que así se llama la buena mujer, no dudó en cambiar de asiento y sentarse a mi lado para preguntarme, después de 17 años, qué había sido de mi vida, si estaba bien, preguntarme por mi hermana y recordar los últimos días que pasé en mi “cole”. “Tempus fugit, Paula”, me dijo Matilde. ¡Qué razón tiene!

“El cole”. Un lugar que lo fue todo para mí. Ella y otros profesores me enseñaron a amar a las personas, me enseñaron a ser fiel a mí misma y a estar por encima de lo que el resto de la gente pudiera pensar. Me dijeron que yo valía, y que valía mucho. Me dijeron que no pasaba nada porque la gente no me entendiera. Me enseñaron a estar orgullosa y fueron, en buena parte, artífices de la oveja rosa que soy hoy.

Mi época de estudiante fue bonita y fea al mismo tiempo. Me encantaba (y me sigue gustando mucho) estudiar y por eso fue una época tan bonita. Sin embargo mis compañeros y compañeras no entendían muchas cosas de mí y, como en la mayoría de los casos de este tipo, lo resolvieron a base de ignorancia y miedo. Al darme cuenta de que acosar a los demás no iba conmigo, puse distancia y me convertí en el blanco de muchos “chismes”, críticas, burlas e historias increíbles que inventaban sobre mí. Pasé de estar incómoda en el grupo de acosadores a tener la conciencia tranquila en el grupo de acosados. Afortunadamente aprendí pronto a estar por encima de todo aquello, aunque las consecuencias de tanta discriminación todavía me pasan factura.

El martes pude recordar, hablando con mi profesora, lo distinta que me sentía. Entendí que a día de hoy todavía hay mucha gente que me hace sentir diferente y a su vez inferior. Por eso cuando veo a alguien que es blanco de burlas, de insultos o es el centro de una historia inventada por otros que nada tiene que ver con su realidad, no puedo evitar sentir empatía y cercanía. Me resulta increíble pensar que “los mayores” no hayan aprendido lo que de niños aún no sabían.
No podemos juzgar a los demás porque no sabemos lo que hay detrás de cada persona. No conocemos la historia y por supuesto, no somos capaces de adivinar las consecuencias que pueden tener nuestros actos. A mí no me gusta que me juzguen, y si a alguien no le gusta que yo sea lesbiana, que vista como visto o le incomoda mi aspecto, simplemente pido que se aleje de mí.

No pido nada más. No pido comprensión, no pido empatía, tampoco pido compasión y tampoco pido mentiras. Pido respeto y distancia.

El tiempo pasa y parece que la historia no deja de repetirse. Temo por mis sobrinas, porque por nada del mundo querría que pasaran por lo que yo pasé. El bullying está a la orden del día.
También temo por mí en el trabajo; son más que frecuentes los casos de acoso y discriminación laboral, y he tenido la desgracia de comprobarlo en mi propia piel.

Por supuesto, si estás leyendo esto no te resultará extraño el término haterEn las redes también están a la orden del día y todos y todas hemos escuchado casos.

Yo me siento afortunada. Descubrir mi lesbianismo fue una bofetada de humildad y humanidad y hoy puedo decir, con la cabeza bien alta, que he desarrollado una tolerancia al alcance de muy pocos. Puedo entender a los que me han odiado siempre y a los que lo siguen haciendo. La pregunta es: ¿pueden entenderme ellos a mí? La respuesta es clara. Si me entendieran, no me odiarían.

¿Has probado a apagar y volver a encender? 😉

Comments

  1. Claudia says:

    Justo acabo de escuchar que, toda la gente es tolerante hasta que tiene que demostrarlo.
    Y me hace mucho sentido con tu comentario. En realidad tendríamos que hablar de amor y de que a nadie debería negársele. El mundo es un jardín de niños, unos que se sienten amados y otros que se sienten tan tristes que buscan compartir esa tristeza con los demás porque es muy duro ser el único que se siente mal.

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